El Calcitico
El empleo de los metales supone un gran avance en el marco cultural, en el ocaso de la época neolítica. La utilización del cobre da nombre a la primera fase de la llamada Edad de los Metales: el Calcolítico o la Edad del Cobre.
Al Calcolítico se asocian dos culturas en la Península. Entre los años 2.500 y el 1.800 a. C. surge en la zona murciana y almeriense la Cultura de los Millares, nombre del principal yacimiento. Pertenecía a una sociedad densamente poblada, con una agricultura de regadío más desarrollada. En el poblado se pueden observar inmensas murallas y otras obras de fortificación.
Otra cultura dentro de la Edad del Cobre es la Cultura del vaso campaniforme, desarrollada entre el 2.200 y el 1.700 a. C., cuya principal característica es su distribución por toda Europa. Hay una gran presencia de cuencos y vasijas cerámicas con la forma de campana invertida y una serie de objetos de ajuar de cobre en tumbas que evidencian la existencia de élites sociales diferenciadas por su nivel de riquezas. Se han encontrado restos en la desembocadura del río Tajo, en Portugal, Cataluña, Madrid (Ciempozuelos) y el Guadalquivir.
En el centro peninsular hallamos también la cultura de Las Motillas, elevaciones defensivas situadas en el entorno del Guadiana.
Sin embargo, el fenómeno cultural de más importancia es el de los monumentos megalíticos. Son grandes enterramientos colectivos, también comunes en el resto de Europa y que aparecieron en la zona atlántica, relacionados con el desarrollo de las creencias religiosas. Los monumentos son muy diversos, desde el dolmen hasta las tumbas de corredor, construidas con enormes piedras y techadas posteriormente con una gran losa plana, aunque a veces preferían elementos más pequeños. Se encuentran por todo el territorio peninsular, pero los más significativos se sitúan en Andalucía oriental. Tienen su origen en el Neolítico, a comienzos del cuarto milenio y se prolonga hasta mediados del tercero, ya en la Edad del Bronce.
También comenzó el desarrollo de la cultura talayótica hacia el año 2.000 a. C. en las Islas Baleares. Su nombre deriva de las grandes torres defensivas, troncocónicas y construidas con enormes piedras en torno las cuales se establecían los poblados. Además, había otro tipo de monumentos llamados taulas, que al parecer eran altares de sacrificio situados al aire libre, de tres o cuatro metros de altura, de las que se conservan una treintena en Menorca. El tercer tipo de monumento caracterizado por su vastedad era la naveta, edificio rectangular terminado en ábside y construido con grandes bloques de piedra, que servía como lugar de enterramiento colectivo.
La Edad del Bronce
Los intercambios en el mediterráneo aproximan los descubrimientos desde oriente a occidente y a la inversa. En Almería, Granada y Murcia se desarrolla la cultura de El Argar. La ciudades fortificadas son de planta rectangular, más grandes, y a su alrededor se desarrolla una importante agricultura y ganadería junto a la industria metalúrgica donde desempeñan un papel fundamental el cobre, la plata, el oro y las distintas aleaciones que dan lugar, por ejemplo, al estaño y al bronce. Aparece el poder político superior a los clanes y familias, y cambia de manera brusca la organización social. Aquí se fija la aparición de una vida urbana en un sentido más próximo a nuestros días. El control de las materias primas es elemento constitutivo de castas.
La Cultura del Argar tiene intensos contactos, hacia el Guadiana, con otras vecinas y coetáneas como la Cultura del Bronce Manchego, en Albacete y Ciudad Real. En un principio se creyó que no era más que una expresión diferente de la cultura argárica, resultante de su expansión hacia el interior; pero actualmente se tiende a caracterizarla como horizonte cultural diferenciado aunque con fuertes relaciones con el Argar y el Bronce Valenciano. Los asentamientos de esta cultura suelen ser numerosos y, aunque dispersos y extensivos dentro de un territorio, mantienen relaciones entre sí creando agrupaciones de asentamientos. Los caracterizados como morras (en Albacete) y motillas (en Ciudad Real), fortalezas circulares dispuestas en anillos concéntricos en torno a una gran torre central, constituyen lugares de habitación sin parangón en el resto de la Península. Son propios de esta cultura otros tipos de asentamientos como los castellones, los asentamientos en cuevas o los llamados de fondos de cabaña. Incluso existen algunos muy singulares, como el crannog (especie de palafito) de El Acequión, que sugieren una gran versatilidad de esta Cultura para adaptarse a las condiciones de habitabilidad más dispares desarrollando diferentes soluciones. Constituye uno de los substratos culturales indígenas sobre los que, posteriormente, se desarrolló la Cultura Ibera. La red de relaciones y comunicaciones, creada por estos pueblos entre sí, se va a mantener casi intacta hasta época romana.
Cuencos de oro repujado del Bronce Final hallados en Escoriaza (Guipúzcoa).
Los contactos de la cultura Argárica también se extienden hacia el Guadalquivir, dando lugar más tarde a Tartessos. Las penetraciones a través del Pirineo de otras culturas es constante y durará centenares de años. El impacto de estas migraciones es mayor en el interior y norte de la península que todavía no tiene el desarrollo de la zona meridional. Los nuevos pobladores son diestros en la explotación y fabricación de instrumentos de hierro. Las oleadas de inmigrantes se acercan por dos puntos: por las actuales Navarra y País Vasco por un lado, y por la zona oriental hasta Cataluña por otro. Traen mejores técnicas agrícolas y ocupan los espacios de la Meseta que son los que menos población tienen en esos momentos. Usaron los yacimientos de hierro del norte de España, y aplicaron la cultura cerealista y una ganadería extensiva. Siendo dominantes en el centro y parte noroccidental de España, lograron finalmente ser la clase dirigente en la zona de norte del Mediterráneo español, mientras que las culturas del sur y del sureste permanecieron más ajenas.
Hacia el final de este periodo (1200-1000 a. C.) se extienden desde el otro lado de los Pirineos los primeros asentamientos de la Cultura de los Campos de Urnas.
La Edad del Hierro
La Edad del Hierro transcurre desde el año 800 a. C. hasta aproximadamente el comienzo de la conquista romana de Hispania, en el 218 a. C. Esta es la última etapa prehistórica que, en el territorio peninsular, coincide con la colonización de los pueblos mediterráneos (fenicios, griegos y cartagineses) y de los pueblos del norte de Europa (los celtas).
En el transcurso de esta etapa, se mezclan los rasgos autóctonos de las culturas indígenas con la influencia cultural llegada del exterior. Generalmente, no existe una gran discontinuidad entre las culturas del Bronce y las del Hierro; los restos arqueológicos nos hacen pensar en una paulatina evolución, y solamente las aportaciones tecnológicas y culturales externas provocaron una progresiva diferenciación entre los pueblos mediterráneos, mucho más avanzados, y las culturas del interior.
Los orígenes de la metalurgia del hierro no son claros. Como en el caso del bronce, hubo una elaboración rudimentaria de hierro meteórico, a la que posteriormente siguió la del mineral de hierro propiamente dicho, que debió de aparecer a mediados del II milenio adC en Asia Anterior, aunque otros estudiosos se decantan más por África. De una manera práctica, el hierro no comenzó a trabajarse hasta el año 1.200 a. C., y durante siglos todavía compartió con el bronce (a veces más estimado) la primacía de material para la fabricación de armas, útiles y adornos.
La metalurgia del hierro tardó mucho tiempo en descubrirse, pues aunque la materia abundaba en muchas zonas, la elevada temperatura a la que se funde (unos 800ºC) determinó que sólo la casualidad hiciera posible el hallazgo. Primeramente se tostaba en fuego de carbón y luego se fundía en un pozo en el que habían colocado capas alternas de carbón vegetal y hierro a las que se prendía fuego avivado mediante fuelles. Se conseguían así lingotes de hierro puro que, tras un nuevo calentamiento, eran golpeados con martillo para separar la escoria y darles la forma deseada. Lamentablemente, este método no podía proporcionar armas ni objetos tan eficaces como los de bronce. Solo una verdadera especialización hizo factible la mejora de la metalurgia del hierro y su predominio sobre los antiguos artículos de bronce.
En la Península es prácticamente imposible precisar la entrada del nuevo metal, principalmente porque durante algunos siglos coexistió con el bronce. Es posible que lo trajesen los fenicios al establecerse en la península hacia el año 1.000 a. C., o bien los griegos, que fundaron su primera colonia en este país, probablemente Rhodes (Rosas, Gerona), en el siglo VIII a. C. Tampoco hay que olvidar que a partir del 900 a. C. comenzaron las oleadas célticas en la península, cuyo metal ya conocían, además de ir armados con espadas, lanzas, escudos y cascos del mismo.
Fuente: WikipediA
