El Arte Oriental La razón de ser es el tema en el arte oriental y es el tema lo que debemos captar si pretendemos comprender la obra más allá de que nos guste o no nos guste. Al artista tradicional no le importa cuán bellamente compuso su obra sino cuán inevitablemente expresa su tema. Para él contemplar una superficie estática como un fin en sí misma (porque es bella) es mero fetichismo. El arte siempre está al servicio de una significación de algo.
De aquí la importancia del conocimiento del para que fue realizada una obra par poder arribar a un juicio artístico, el cual consiste en saber en que medida la cosa en cuestión fue hecha bien y fielmente.
Al igual que al artista se le exigen en primer lugar que sea lo que ha de representar, también el espectador sólo puede conocer lo que se ha representado cuando se convierte él mismo en el tema de la obra y ve que esto lo expresa a él mismo.
Un conjunto de obras de arte tradicionales de Asia implica un desafío directo a nuestra suposición, demasiado ligera, de que el arte es meramente un espectáculo o, en cierto sentido, un modo de evadirse de los problemas de la vida. Cada obra implica que allí no solo hay algo para ser visto sino conocido. Son obras de arte inteligibles y expresivas de primera intención. La belleza que pueda entrañar una obra es siempre un bien, pero nunca un bien final; las obras de arte son como nueces a las que hay que despejar de su hermosa cáscara si se quiere percibir y apreciar la imagen que está más allá de los colores.
La perfección del arte se alcanza pues realmente cuando la operación intelectual, el arte en el artista, por el cual él trabaja, resulta en la forma completa de las obras que hay que hacer, que entonces se origina sin cálculo en el artista.
Es de primera importancia, si queremos evitar no comprenderlo en absoluto, darnos cuenta que las apariencias que presenta la obra de arte no son, o lo son sólo accidental e incidentalmente, evocadoras de percepciones visuales. Ni siquiera el paisaje chino es una vista tal como lo entendemos nosotros, sino más bien, y mucho más, una conversación alusiva (y solo para nosotros elusiva) sobre los principios conjuntos de la existencia. El artista concibe en una forma imitable la idea del objeto hacia el que su voluntad se dirige. Antes de que se corte el árbol ya tiene una imagen mental clara y definida de la estatua acabada. Para que esto sea posible, el artista no debe estar distraído por deseos o pensamientos de sí mismo, y esto es lo que significa pintar sin engreimiento en el corazón.
Fuente: artelatino.com